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Queridos lectores, el 1 de noviembre de 2014 iniciamos el post manifestando nuestras diferencias con la tesis de Santiago Niño-Becerra cuando afirma: <<Y no: la tecnología no destruye unos empleos y crea otros. La tecnología, que cada vez es más sofisticada, más barata y más difícil de utilizar, crea poquísimos empleados de altísimo valor añadido, y destruye cantidades ingentes de empleos que mañana serán de bajo valor>>.

A continuación, decíamos, en contraposición a Santiago Niño-Becerra, que nosotros sostenemos la antítesis, es decir, que el mundo TIC es y será, el principal motor de creación de empleo en los próximos años.

En ese sentido, hoy más que nunca, creemos que la afirmación de Santiago Niño-Becerra esconde una profunda pérdida de credibilidad en la capacidad de adaptación y aprendizaje de nuestros vástagos. Sólo tenemos que observar a nuestras hijas e hijos. Estoy seguro de que todos ustedes se asombran y consideran mágico, cuando menos, la velocidad de adaptación al entorno tecnológico de sus descendientes.  Negar la evidencia es un intento vil de privar a las nuevas generaciones de un futuro prometedor.

Pero aún hay mas. Terminábamos el post afirmando que si hacemos una rastreo histórico de los avances tecnológicos, podremos verificar, de manera irrefutable, que tales desarrollos tecnológicos abren la puerta a nuevos mercados hasta ahora desconocidos, amplificando las consecuencias de generación de empleo y riqueza a futuro que abre el progreso.

En este sentido, ¿qué ha estado ocurriendo en las últimas décadas?

Ocurrió lo que el periodista del New York TimesNicholas Kristof, calificó de “La mejor noticia desconocida“:  afirma Kristof que en los últimos 30 años el porcentaje de personas en el mundo que viven en pobreza extrema se ha reducido en más de la mitad.  La pobreza extrema en las últimas décadas ha descendido muy significativamente, pasando de los 1.900 millones de personas de 1990 a menos de 800 en 2013. Reducción que supone casi 50 millones de pobres menos por año, equivalente a la población de Colombia o Corea del Sur. No en vano, el objetivo de la ONU es erradicarla en 2030.

Veamos esto mismo desde otro punto de vista más cercano y doméstico.

En 1987 compré un ordenador Spectrum de cinta de 16K y las letras del monitor en color verde. ¿Recordáis? Lo curioso del asunto es que pagué por el pc cien mil pesetas. Pensad en ello: cien mil pesetas de 1987.

Hoy por 606,31 euros puedo adquirir, a través de Amazon, un HP Pavilion 14-bf008ns – Ordenador Portátil de 14″ Full HD (Intel Core i5-7200U, 8 GB RAM, 1 TB HDD, Intel HD 620, Windows 10); Plateado y Teclado QWERTY Español.

¿Qué ha ocurrido pues?

Sencillo, algo que nuestro bien documentado profesor Santiago Niño-Becerra conoce (o, al menos, debería conocer) bien: la ley de la oferta y la demanda. A medida que el desarrollo tecnológico avanza, los precios se contraen de manera radical, haciendo que el mercado al que se tiene acceso aumente. Cuanto más barato vendo, accedo a más población (el mercado potencial crece). En término poéticos y políticos: el desarrollo tecnológico potencia la “democratización” de los productos y servicios, acabando con las clases sociales. Quizá ahí radica el drama, a su entender, que vaticina Santiago Niño-Becerra: quien acabará con la lucha de clases, porque éstas desaparecerán, no será mérito de los movimientos sociales de la izquierda neocomunista del futuro, si no del desarrollo tecnológico que traerá el mundo TIC.

No es gratuito ni fortuito la misión de google: organizar la información mundial para que resulte universalmente accesible y útil. La motivación de los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, estudiantes de la Universidad de Stanford, era contribuir a un mundo igual y mejor. Y, ¡caramba!, vaya si lo están consiguiendo. No dejan de sorprender: ¡ahora cursos gratuitos online!

Ante todos estos hechos, ¿por qué Santiago Niño-Becerra se empeña en actuar como Thierry Loon, personaje de la novela Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar? ¿Qué asusta a Santiago Niño-Becerra del personaje Zenón?

Karl Marx,  en el prólogo de su obra la Contribución a la crítica de la economía política (1859), dice: “… en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia“.

Pues bien, Santiago Niño-Becerra, conocedor profundo del ser social, busca su propia ventaja competitiva que le permita progresar en la selva de las relaciones humanas, con el objetivo de subsistir y generar riqueza. Del mismo modo, muy probablemente, Santiago Niño-Becerra conoce las investigaciones de Jeffrey Goldstein, de la Universidad de Utrecht en Holanda, donde ha descubierto que la emoción de “miedo controlado” estimula la producción de las hormonas testosterona, adrenalina y cortisol, haciéndonos sentir bien.

En efecto, el “lado oscuro” de las cosas (o “reverso tenebroso“), las historias de miedo, es algo que nos atrae y nos hacen sentir vivos. Por lo tanto, el asunto de los vaticinios catastróficos, las quimeras del pesimismo, y los pronósticos fatales que conforman la morfología literaria de los expertos agoreros no son más que una vía para generar demanda y propiciar transacciones económicas favorables para ambos actores: el productor de la obra que incrementa su propia riqueza, y el lector que ha comprado el estado emocional que le va a producir su lectura.

Todos ganan, aunque la realidad de los hechos sea otra.

Si no fuese así, ¿por qué diablos iba a pagar para ver una película de miedo?

Por último, y dicho sea de paso, no censuro la obra de Santiago Niño-Becerra (no tengan miedo sus lectores, que no quemaré obra alguna del ilustre profesor), todo lo contrario, lo aplaudo y le animo a que persista en su enfoque catastrófico, por cuanto a mí también me permite buscar mi propia ventaja competitiva: buscar los hechos ciertos, buenos y malos, que conforman la realidad, para ofrecer una versión más aséptica (al menos, esa es la intención) de nuestro entorno económico, aunque su lectura no producirá las sacudidas emocionales que sí generan las obras de Santiago Niño-Becerra.

Ahí me ha dado … ¿Qué sería yo sin él?

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En diferentes ocasiones, he escrito en torno a las conversaciones que hemos mantenido Irene, mi hija mayor, y un servidor sobre asuntos varios, desde cuestiones políticas hasta temas de lo más variopinto, e incluso, relatos.

En cambio, las referencias a Isabel, mi segunda hija, no han sido, ni mucho menos, prolijas. Por lo que me dispongo a cambiar la tendencia.

En este caso, comenzaré relatando un intercambio de opiniones entre ambos, Isabel y yo, en un almuerzo familiar de domingo, almuerzo con prolongada sobremesa. En dicha ocasión, entre asombro y estupor, mirándome con esos redondos ojos que dibujan su rostro, enormes como luceros, y brillantes como el sol, me inquiría, o más bien me retaba, a que le explicase cómo una persona como yo, hombre de ciencia, podía creer en Dios. Entre el arroyo sin cauce de preguntas y preguntas que se hacía, y que me formulaba, como torrente ajeno a la quietud, atronaba sobre los cubiertos tendidos en sus finas manos una cuestión imposible de entender dentro de su lógica racional: ¿cómo yo, siempre buscando explicaciones empíricas y hechos que desvelasen la verdad sobre la mecánica del cosmos, podía pensar que Dios existe? En su semblante se podía palpar la perplejidad que tal circunstancia le ocasionaba, quizá, e incluso, le hería.

Emulando a un viejo profesor, Gustavo Bueno, le dije que los hechos tienen dos caras: de tejas hacia el centro de la tierra, donde la ciencia lo es todo, y de tejas hacia el infinito de la bóveda celestial, donde reina la trascendencia del ser humano, encarnada en la religión.

Isabel no daba crédito, y, ambos, a la vez, hablamos y argumentamos, debatimos y mutuamente nos negamos. Finalmente, consiguió perdonar mi ignorancia aduciendo que era fruto de la tradición familiar. He de reconocer que no he sido capaz de explicarle la existencia de la esfera transcendente en el seno del ser humano.

A ello me dispongo a partir de ahora.

Ya en la antigua Grecia, la escuela de Pitágoras estudiaba la expresión de las escalas musicales en términos de proporcionalidad numéricas. Su doctrina principal era que “toda la naturaleza consiste en armonía que brota de los números“. Para los pitagóricos matemáticas y música son dos elementos indisolubles. Para ellos, los pitagóricos, no puede haber música sin matemáticas. Y no les faltaba razón.

A modo de ejemplo, el compás es una fracción matemática: el numerador indica el número de tiempos y el denominador indica la pulsación o el tipo de nota que ocupa cada tiempo. Por lo tanto, sí que podemos concluir que el lenguaje de la música son las matemáticas [sería extraño que los pitagóricos se hubieran equivocado]: por lo que podríamos llegar a componer una pieza musical sin necesidad de escucharla, como hizo Beethoven. La Novena Sinfonía de Beethoven, la única composición musical declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, lo compuso cuando era sordo.

De otro lado, el sonido es la forma en la que el oído percibe las vibraciones transmitidas por el aire. Es decir, el sonido es un hecho biológico, sostenido por la relación que mantiene nuestro organismo con el medio.

Por lo tanto, hasta aquí, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la música es un conjunto de hechos empíricos irrefutables, repetibles y, como consecuencia, predecibles, sustentados por cuestiones físicas, biológicas y matemáticas. Dicho de otro modo, la música es algo material susceptible de estudio bajo el método científico.

Hasta aquí nada que objetar o refutar.

Pero hablemos ahora del receptor, sobre cómo percibe esa lógica matemática que hay tras toda sinfonía, y sobre las emociones que incita su audición.

Quien escucha música no oye ciencia, porque percibe un todo imposible de diseccionar si no se conoce su lenguaje.

Quien escucha música se adentra en un mundo repleto de sutileza, excelso, sublime, impecable, sumamente perfecto y armonioso, equilibrado, rítmico y evocador, que revive lo pasado y ensueña el futuro, arrastrándonos a través de un insondable caudal de emociones y sentimientos. En ocasiones, nos excita, enciende y coleriza. Otras veces, provoca compasión, misericordia, caridad, ternura. Es, en definitiva, magia en estado puro, la esencia misma del ser transcendente que supera la barrera de lo mecánico y la física explicable, para entrar en una dimensión fluida y de recorrido infinito.

Es la música, por lo tanto, la puerta a lo transcendente del ser humano. No en vano, todas los ritos, ancestrales y nuevos, utilizan cánticos como soporte espiritual. Este fenómeno no es un hecho gratuito ni tampoco producto del azar. Las cosas no ocurren porque sí, si no porque la música es el lenguaje de dios.


Hace algún tiempo, simplificamos el libro de José Luis Sampedro titulado: El mercado y la globalización (Ediciones Destino, 2013), bajo dos ejes posibles en el análisis político:

  1. Eje: Liberalismo Económico versus Intervencionismo Económico.
  2. Eje: Mercado Perfecto (información simétrica) versus Mercado Imperfecto (información asimétrica).

Tras la combinación de ambos ejes, surgen cuatro cuadrantes o espacios políticos.

Nuestra posición al respecto, se fundamenta en la base de un proceso de gestión política divergente donde todos los cuadrantes o espacios políticos son la mejor opción en función de las características del contexto socio económico: dicho de otro modo, para cada contexto socio económico siempre habrá un cuadrante que conviene más (en términos de generación y distribución de riqueza) que el resto de espacios políticos. De este modo, nos adentramos en un modelo de análisis político donde todos los enfoques son necesarios, siendo obligado discernir y poner el acento político en identificar, para cada contexto socio económico, cuál es el espacio político más adecuado. A éste enfoque le hemos denominado: perspectiva situacional de análisis político, donde todas las actuaciones son válidas en la medida que respondan satisfactoriamente a los requerimientos situacionales de cada contexto socio económico, y permita incrementar la riqueza y su distribución posterior de un modo equitativo y justo.

En este sentido, a continuación, expondremos en qué contexto socio económico y mercados entendemos más conveniente un espacio u otro. La propuesta, en ningún modo, pretende ser cierta ni tampoco exhaustiva, por cuanto se trata, simplemente, de apreciaciones y conversaciones informales, y no de un estudio minucioso de cada caso, basado en análisis econométricos. El objetivo es mucho más modesto de lo que pueda parecer, y tan solo persigue ofrecer un marco de entrenamiento conceptual que contribuya, en la medida de lo posible, a desbloquear o flexibilizar las conversaciones políticas dogmáticas y exclusivas.

Por lo tanto, vayamos al meollo del asunto, que el tiempo apremia. Veamos qué podría caber en cada cuadrante:

  1. Cuadrante Liberalismo Económico en Mercados Imperfectos: el objetivo de este cuadrante, en nuestra humilde opinión, es poner el acento en la generación de riqueza a través del crecimiento económico en mercados globales, no maduros e inciertos, y en situaciones de crecimiento de mercado o de búsqueda de nuevos modelos o nichos de negocio. Por ejemplo, creemos que aquí podría caber el dinamismo tecnológico en el que estamos inmersos: redes sociales, big data, nuevos medios de pago, etcétera.
  2. Liberalismo Económico en Mercados Perfectos: consideramos que la finalidad de este cuadrante es poner el énfasis en la generación de riqueza a través de la reducción de costes en mercados domésticos, maduros y estables, y donde las reglas de juego son conocidas por todos los actores. En nuestra opinión, aquí se ubica la actual situación de las empresas energéticas españolas. Según nuestro enfoque, el objetivo del gobierno debería ser potenciar un verdadero liberalismo económico en este sector (ausente en este momento, quizá por exceso de regulación), de modo que se potencie al máximo la libre competencia entre las empresas del sector con el fin de reducir los precios. Pero no sólo potenciando la libre competencia entre ellas (eliminando regulaciones), si no, además, permitiendo nuevos actores que incrementen de manera significativa la rivalidad competitiva entre todas ellas: por ejemplo, permitiendo el acceso de las Pilas Doméstica de Tesla a este mercado.
  3. Intervencionismo Económico en Mercados Perfectos: en nuestra opinión, el acento de este cuadrante se pone en la distribución equitativa de los recursos cuando se controlan todas las variables (mercado doméstico). En este cuadrante, el objetivo último es maximizar la eficacia y eficiencia de los recursos disponibles de modo que se garantice el mayor nivel de justicia posible en el reparto de los recursos. Aquí entrarían asuntos como la educación, la sanidad, y cualquier otra dimensión social que cubran las dimensiones básicas que hayamos definido.
  4. Intervencionismo Económico en Espacios Imperfectos: el objetivo de este cuadrante creemos que es facilitar (incubar) la creación de ventajas competitivas en las empresas, tanto públicas como privadas, para poder generar riqueza en mercados globales, maduros o no, en situaciones de involución o crisis económica. Por ejemplo, aquí tiene sentido establecer estímulos fiscales que promuevan la internacionalización de sectores y empresas nacionales en momentos de recesión económica: ingenierías, constructoras, etcétera.

Insistimos, esta propuesta ni pretende ser exhaustiva ni tampoco resultar “doctrina” inviolable. Antes al contrario. Entendamos estas palabras en un contexto puramente informal y de apertura a nuevos modos de mirar nuestra realidad política.

Les invitamos a la reflexión …


En ese interés irrefrenable de Irene por el análisis político, días después del post anterior, como suele ser habitual en su naturaleza, volvió a la carga y me enseño el libro de José Luis Sampedro titulado: El mercado y la globalización (Ediciones Destino, 2013).

Se trata de un libro poco extenso, de algo más de 100 páginas, con un estilo directo, coloquial y fácil de leer para los neófitos en la materia.

Pues bien, me explica Irene que el eje cartesiano que dibujamos en el post anterior para comprender los espacios políticos resulta diferente al que plantea José Luis Sampedro en esta obra. En realidad, en la interpretación de Irene, Sampedro simplifica nuestra propuesta de análisis e introduce un nueva dimensión, haciendo más interesantes y reveladores los espacios políticos resultantes.

Entremos en el detalle.

Me detalla Irene que para José Luis Sampedro existen dos dimensiones que pergeñan los espacios políticos posibles en el universo conceptual que esboza en la obra:

  1. Eje: Liberalismo Económico versus Intervencionismo Económico
    1. En el Polo Liberalismo Económico, José Luis Sampedro referencia como paradigma conceptual al Foro Económico de Nueva York celebrado en 2012 que defiende la no regularización de los mercados y la no intervención del gobierno, la globalización como única vía para acabar con la pobreza y el inevitable progreso técnico que empuja el proceso de globalización. En este sentido, un apunte: el pasado jueves, día 22 de septiembre de 2016, tuve la oportunidad de escuchar a Francisco Pérez, Fundador y Director de Desarrollo de Negocio de la empresa española de gafas Hawkers. En su presentación, en ningún momento hizo mención a la palabra globalización. Para referirse al término gloabalización, utilizó la palabra <<democratización>>, catalogando a ésta como el verdadero motor de crecimiento económico. Explicaba Francisco Pérez que iniciaron su negocio con una inversión de 300 euros y en dos año y medio alcanzaron una facturación de 10 millones de euros. ¿Cómo es posible? explicó que con muchas horas de mucha pasión por lo que estaban haciendo y aprovechando la democratización implícita que subyace en las redes sociales.
    2. En el Polo Intervencionismo Económico, José Luis Sampedro ubica al Foro Social de Porto Alegre, también celebrado en 2012, el cual defiende que cuanto más se acelera la globalización más riquezas acumulan los ricos y más miseria atesoran los pobres, por lo que proponen la intervención y regularización de los mercados y del progreso técnico, como medio para garantizar la distribución justa de la riqueza: intervención y regularización de los mercados bajo criterios de interés público y social.
  2. Eje: Mercado Perfecto (información simétrica) versus Mercado Imperfecto (información asimétrica).
    1. El Polo Mercado Perfecto (información simétrica) se caracteriza porque todos los agentes (personas) que intervienen en ese mercado tienen el mismo nivel de información sobre todas las variables económicas y por lo tanto disponen de libertad de elección (Adam Smith, siglo XVIII).
    2. El Polo Mercado Imperfecto (información asimétrica) las personas que operan en el mercado no tienen el mismo nivel de información, por lo que no existe libertad de elección. Explica Sampedro en la obra que en el adn profundo de las empresas está la búsqueda incansable de las imperfecciones de mercado para acaparar la mayor parte posible de la oferta, de modo que puedan imponer sus condiciones sobre el precio. El caso más extremo es el monopolio. Para Sampedro, la existencia de monopolio justifica la intervención del estado para corregir la actuación del monopolio en defensa del interés público y social.

De este modo, de la combinación del eje de abscisa y ordenadas, surgen cuatro cuadrantes o espacios políticos que, a nuestro entender, ponen en jaque la vetusta clasificación de derechas e izquierdas (con la posición central como instrumento de búsqueda negociada del equilibrio entre unos y otros).

Una vez definidos los cuatro espacios políticos, creemos firmemente que el siguiente análisis o estadio es identificar en qué contextos socio económicos conviene más uno u otro espacio político. De este modo, nos adentramos en un proceso de gestión política donde todos los enfoques son necesarios, siendo necesario discernir y poner el acento político en identificar para cada contexto socio económico cuál es el espacio político más adecuado.

Bajo esta perspectiva situacional de análisis político, donde todas las actuaciones son válidas en la medida que respondan satisfactoriamente a los requerimientos situacionales de cada contexto socio económico, entonces ya no resulta necesaria la ideología, que como habíamos explicado anteriormente, es el verdadero opio del pueblo.

Por hoy es suficiente. Quedamos emplazados al próximo fin de semana para continuar con la reflexión de qué enfoque político (de los cuatro descritos) conviene para cada contexto socio económico.

Hasta entonces que tengan una buena semana.

 


Desde hace un tiempo, mi hija mayor, Irene, me ha manifestado su interés por el ámbito político. Y cuando me he puesto a conversar sobre política con mi primogénita, ambos caíamos, una y otra vez, como hojas en otoño, de manera irremediable, al corazón mismo del ámbito ideológico.

¿Qué y por qué nos ocurría tal suceso dialéctico?

La primero que hicimos fue diferenciar ambos conceptos:

  1. Política:  acción de organizar y gobernar (gestionar)  las sociedades humanas: estados, sociedades, país, …
  2. Ideología: doctrina creada a finales del siglo XVIII cuyo objeto de estudio se circunscribe al mundo de las ideas. La ideología es, por tanto, el conjunto de ideas fundamentales (creencias, pensamientos, esquemas mentales, paradigmas, …), que caracterizan el pensamiento de una persona, sociedad, época, colectividad, movimientos culturales, religiosos o políticos.

¡Ya lo teníamos más claro!

En realidad, cuando hablábamos con pretensión política, en realidad, hablábamos de nuestras opiniones y creencias fundamentales sobre los movimientos políticos, segmentados en: extrema izquierda, izquierda, centro, derecha, extrema derecha.

Y la siguiente pregunta que nos formulamos fue: ¿qué hay dentro de cada segmento político? Tras varias búsqueda e investigaciones, finalmente, llegamos a la conclusión  de que, en realidad, no teníamos claro cuáles son el elenco de preceptos categoriales que definen cada segmento. Dependiendo de cada fuente, la ideas cambiaban del mismo modo en que los antiguos evangelistas interpretaban la vida de Jesús. Tan sólo fuimos capaces de encontrar un par de denominadores comunes que, con más o menos atino, sí que diferenciaba cada segmento político:

  1. Primer Denominador Común. Eje: orientación a la distribución de riqueza para generar igualdad en el estado de bienestar versus orientación a la generación de riqueza para hacer crecer a las sociedades  y mejorar el estado de bienestar.
  2. Segundo Denominador Común: Eje: orientación la Intervención en los Mercados versus Orientación al Libre Mercado (liberalismo).

Absortos en la estructuración que estábamos haciendo, en una hoja en blanco, dibujamos un eje cartesiano. En el eje abscisas, a la derecha escribimos orientación a la generación de riqueza, y a la izquierda orientación a la distribución de riqueza. En el eje de ordenadas, arriba anotamos orientación a la intervención, y abajo Liberalismo.

¿Con qué nos encontramos? En líneas generales, los movimientos políticos del centro hacia la izquierda son categorías ideológicas que se ubican en el cuadrante: orientación a la distribución de riqueza y orientación a la intervención. Y, los movimientos políticos del centro hacia la derecha son esferas ideológicas que se enmarcan en el cuadrante: orientación a la generación de riqueza y orientación al liberalismo.

Nos llamó la atención que no fuimos capaces de encontrar movimientos políticos que bebiesen de la orientación a la generación de riqueza y orientación a la intervención, ni de la orientación a la distribución de riqueza y orientación al liberalismo.

A partir de este hallazgo nos adentramos en el mundo de las interpretaciones e inferencias, en la especulación política.

La primera conjetura que nos planteamos es que K. Marx cuando afirmaba que el opio del pueblo era la religión, lo que nos estaba señalando era la epidermis de un hecho cierto más profundo: todo movimiento doctrinal, construido sobre creencias y opiniones no susceptibles de crítica, se constituyen en opio para el pueblo, haciéndonos vulnerables a los manipuladores. Quizá lo que nos quería enseñar K. Marx era que el opio del pueblo es todo dogma incuestionable que nos convierte en seres inertes (en zombis que diría Isabel, mi hija pequeña, o  en “la masa” que escribiría Ortega y Gasset) ante los “salva patrias” que nos arrastran a conflictos, en ocasiones religiosos (las vetustas cruzadas de la Edad Media), en ocasiones étnicos (Tercer Reich y  la Segunda Guerra Mundial).

En suma, tras varias reflexiones compartidas, ambos llegamos a la misma conclusión: sometamos la ideología política actual al examen de la razón, la investigación empírica y la libertad de pensamiento, de modo que podamos construir una sociedad mejor: más rica e igual.

 


Queridos lectores, comentábamos en el capítulo primero, de esta nueva serie de posts, acerca de la tesis de Santiago Niño-Becerra a propósito del concepto Trabajo, señalando que, tal y como lo hemos concebido hasta ahora, se irá, tras esta crisis, para volver con un significado totalmente nuevo. Aspecto con el que estamos de acuerdo. Ahondando más en ello, decíamos que la democratización que subyace al crowdfunding (financiación a través de pequeños inversores: financiación colectiva, emulando el lenguaje de Karl Marx) es la manera más rápida y efectiva para hacer crecer el ritmo de inversión, empujando el crecimiento de los factores productivos y, en consecuencia, generando mayores tasas de empleo.

Pues bien, en este sentido, nuestra propuesta, que pasamos a detallar en este post, se estructura en torno a la idea de que tras la crisis, el paradigma marxista de diferenciación de clases entre los que disponen de capital para invertir (burguesía) y los que trabajan (proletariado) ha llegado a su fin. Sostenemos que, en el futuro, el elemento que diferenciará las clases no será la capacidad de inversión sino el Talento disponible en las personas, como ya, desde hace varios lustros, viene señalando autores de la talla de Peter Drucker, Gary Hamel, Ton Peters, y así un largo etcétera.

¿Cuál es la base conceptual de nuestra propuesta? Que la separación radical entre productor y medios de producción, que dibuja el marxismo, ha desaparecido. Hamel, en su obra El Futuro de Management, nos recuerda que esa separación radical de la que habla Marx, y que es la base de la especialización industrial,  es el principal motivo de la desafección de los empleados hacia sus organizaciones: si como empleado no veo cómo el resultado de mi desempeño contribuye al crecimiento de la organización es difícil, entonces, que pueda tomar conciencia de la relevancia de mi puesto dentro del conjunto de la empresa, potenciando la banalización del trabajo.

En las organizaciones actuales, como consecuencia del desarrollo tecnológico, cada vez es más fácil observar cómo nuestro trabajo contribuye al negocio o proyecto empresarial, haciendo más dúctil la férrea separación que establecía Marx entre productor y medios de producción, facilitando la afección entre empleado y empleador.

De otro lado, el fenómeno crowdfunding hace posible que personas con Talento (versus sociedades de inversión) puedan constituirse en accionistas (no minoritarios) de negocios emergentes con cantidades asumibles para una economía doméstica, pudiendo participar del control societario. Es cierto, son sociedades emergentes que operan en nichos de negocio, no ha llegado aún al corazón de la economía gruesa; también es verdad que, para alcanzar masa crítica y poder influir ciertamente en la economía gruesa, el crowdfunding requiere un desarrollo mucho mayor que el actual, pero llegará. Es cuestión de tiempo. En suma, estamos convencidos de que todos veremos desvanecerse, hasta desparecer, la línea que separa la aportación de capital y la plusvalía que genera el trabajo.

A diferencia de Santiago Niño-Becerra, creemos que el drama social del futuro no es un asunto de menos trabajo, menos empleos (un paro estructural como nunca hemos conocido) y, por lo tanto, cómo distribuir el poco empleo existente entre la población; sino un asunto de capacitación (formación) a las bolsas de desempleados actuales para facilitar la creación de Talento, y que este se convierta en Capital.

Nuestra particular preocupación no recae en si el desarrollo tecnológico que conlleva el Mundo TIC destruirá o no empleo, como sostiene Niño-Becerra, porque estamos convencidos, avalados por la historia del progreso, que creará empleo. Nuestro foco de análisis se centra en si los procesos capacitación que estamos acometiendo para adecuar a los actuales profesionales en situación de desempleo a los nuevos requerimientos que traerá el progreso tecnológico, serán suficientes y eficientes.

¿Cuál es vuestra opinión al respecto?…


Queridos lectores, comentábamos en el capítulo primero, de esta nueva serie de envíos, acerca de la tesis de Santiago Niño-Becerra cuando afirma que tras esta crisis se producirán cambios de paradigma importantes, señalando que el concepto Trabajo, tal y como lo hemos concebido hasta ahora, se irá para volver con un significado totalmente nuevo. De este asunto hablaremos a continuación, además de compartir con ustedes las razones por las cuales creemos que las líneas argumentales de Niño-Becerra beben de la visión marxista de la sociedad, basada en el conflicto dialéctico de la lucha de clases, que se esgrime en la obra El Capital.

Empecemos pues sin más preámbulos, repasando la obra de Karl Heinrich Marx, El Capital. En ésta, Marx estudia la organización de los sistemas de producción que determina el modelo económico capitalista, hasta afirmar que “en el fondo del sistema capitalista está (…) la separación radical entre productor y medios de producción”. Para Marx existen dos clases sociales: la burguesía, clase media acaudalada que aporta los recursos económicos necesarios en los sistemas de producción, y el proletariado, clase obrera industrial que vende su fuerza de trabajo a la burguesía a cambio de un salario (trabajo asalariado). Los segundos operan sobre los sistemas de producción para generar las mercancías que posteriormente se venderán, enriqueciendo a los primeros. Por lo tanto, según el autor, el proletario es un recurso (mercancía) más dentro del engranaje de producción capitalista, sin importar que detrás de esa fuerza de trabajo se halle una persona: hombre, mujer o niño; quedando sometido a las mismas leyes de mercado que rigen el intercambio de mercancías, al margen de las condiciones laborales.

Pero no queda ahí todo, aún hay más. Señala Marx que lo que comienza con una inversión de dinero hecha por la burguesía termina, después del ciclo de producción, en un aumento de esa cantidad (incremento del valor de las mercancías): la plusvalía, que hoy hemos sustituido por el concepto: valor añadido.

Y he aquí, en el concepto plusvalía, el centro de toda disputa entre unos y otros dentro del sistema capitalista; entre aquellos que pretenden focalizar los esfuerzos en generar mayor cantidad de plusvalía o riqueza (la derecha política) y los que consideran que lo verdaderamente relevante es focalizar los esfuerzos en distribuir esa riqueza o plusvalía de la manera más solidaria posible entre todas las clases sociales (la izquierda política). Como contrapartida, se haya el modelo económico comunista que pretende sustituir, en términos de Marx, la dictadura de la burguesía por la dictadura del proletariado o estado obrero, pasando el proletario a ser el propietario del valor añadido resultante de su trabajo o plusvalía.

Vayamos despacio, pues merece la pena detenerse aquí.

Según Marx, la burguesía retribuye al asalariado un precio por su fuerza de trabajo de igual modo que hace por cualquier otra mercancía. Y esto no es en absoluto baladí. Presten atención. Lo que dice Marx es que el salario es equivalente al coste de producción. Así, el burgués retribuye un salario por el trabajo que hace el proletario, cuyo valor  se corresponde con la cantidad de trabajo necesario durante el sistema de producción. De este modo, el capitalista obtiene el valor creado por el empleo de la fuerza de trabajo y retribuye al obrero sólo por el empleo de la fuerza del trabajo, privándole de los dividendos del valor creado. Esta diferencia económica entre el valor económico obtenido por la utilización de la fuerza de trabajo y el coste de producción (donde se incluye el salario del trabajador) es lo que Marx denomina Plusvalía, base de la ganancia capitalista.

En términos de recursos humanos la fórmula de la plusvalía sería algo parecido a la diferencia entre el desempeño del trabajador (compensado por el salario fijo) y los objetivos o resultados alcanzados (que se retribuye mediante salario variable: sólo se percibe si se produce plusvalía).

Después de este repaso histórico, volvemos a la idea primigenia de Niño-Becerra cuando asevera que, tras esta crisis, el concepto trabajo se modificará sustancialmente, aspecto con el que estamos de acuerdo. La cuestión es: ¿hacia dónde?…

Nuestra propuesta se estructura en torno a la idea de que tras la crisis, el paradigma marxista de diferenciación de clases entre los que disponen de capital para invertir (burguesía) y los que trabajan (proletariado) ha llegado a su fin: estamos, en estos momentos, ante la última frontera del paradigma marxista, próximos a su superación.

¿Por qué creemos esto?, porque están apareciendo, con fuerza e intensidad, fuentes de financiación alternativas al modelo de financiación clásico. Véase el movimiento: crowdfunding (financiación colectiva u obrera en términos de Marx), con fuerte desarrollo en el mercando londinense, basado en la financiación a través de pequeños inversores (usted, éste, aquel, etc.: los proletarios) y pequeñas cantidades (financiación micro), pero de manera masiva, pudiendo alcanzar el volumen necesario para generar riqueza. Dicho de un modo más poético: ha llegado el tiempo de la democratización de la inversión fuera de los ortodoxos canales bursátiles. De este modo, podríamos ampliar el epitafio de la tumba de Marx, añadiendo: los trabajadores de todas las tierras se unen a través de la financiación colectiva.

No, no es ilusión o ciencia ficción, esto ya es una realidad. Vayan ustedes, queridos lectores, a la red de redes: internet; y déjense llevar por el despliegue de plataformas de crowdfunding existentes: Kickstarter, Indiegogo, Crowdfunder, Lánzanos, Goteo, Verkami y Kifund, Gambitious, Bandtastic, Appsplit, Taracea,… ¡apasionante!

De otro lado, comentábamos en el primer envío de esta serie, que Keynes ofreció un marco de estímulo económico diferente para salir de la crisis del veintinueve, involucrando al estado y otorgándole el papel de agente económico activo, inyectando dinero para hacer crecer los factores productivos, y potenciando el apalancamiento como instrumento para acelerar el crecimiento. De este modo, la actividad económica generaría pleno empleo, impulsando la demanda interna y, como consecuencia, el PIB.

Si Keynes buscó la fórmula para dinamizar el ritmo del crecimiento económico en la anterior gran crisis, ahora toca buscar el pedal de aceleración económica que nos permita salir de ésta.

Nuestra hipótesis es que la democratización que subyace al crowdfunding es la manera más rápida y efectiva para hacer crecer el ritmo de inversión, empujando el crecimiento de los factores productivos y, en consecuencia, generando mayores tasas de empleo.

Pero esta crisis, no sólo ha sido una crisis económica, ha sido también una crisis de valores: la corrupción ha campado día sí y día también en los medios. Todo parece estar podrido, que diría Shakespeare. Por lo tanto, la salida de la crisis pasa por un punto de vista ético, además de un mayor control sobre la finalidad de las inversiones.

En este sentido, creemos que la democratización de la inversión a través de pequeños inversores que buscan fines diversos, además de incrementar el capital, facilita el control de la explotación racional de los recursos naturales, humanos, energéticos, etc., y controlará mejor el destino y uso del capital, incrementando, de esto modo, la ética en la explotación de los negocios.

Y como lo prometido es deuda, para finalizar volvemos al principio de este envío. Decíamos en el párrafo primero que las líneas argumentales de Niño-Becerra beben de la visión marxista de la sociedad, basada en el conflicto dialéctico de la lucha de clases, pesimista como el mismísimo Hobbes, con las mismas contradicciones de Thierry Loon, personaje singular en la obra Opus Nigrum, que duda de las bondades del protagonista: Zenón, en el desarrollo tecnológico de los telares mecánicos. Para explicar el por qué les invitamos a leer a Niño-Becerra y buscar las similitudes de su discurso con la ley general de la acumulación capitalista que formuló K. Marx, por la cual la plusvalía extraída en la producción es reinvertida en los propios medios de producción, incrementando las plusvalías posteriores, como consecuencia de la eficiencia incremental obtenida en los medios productivos.  Durante este aumento del capital se produce y consolida un número creciente de obreros sobrantes para el sistema, una población que tiene que subsistir en condiciones precarias. A esta casta proletaria desfavorecida y sobrante Marx los llamó ejército industrial de reserva (bolsa de desempleados). Esto explica, según Marx, que a medida que se acumula capital, y por consiguiente riqueza, se produce de manera pareja una acumulación creciente de miseria en la mayoría de la población: la acumulación de capital en un polo es equivalente a la acumulación de miseria en el otro. A este respecto, por nuestra parte, tan sólo señalar que según las estadísticas del Banco Mundial publicadas en abril de 2011 acerca del cumplimiento de los objetivos de desarrollo del milenio (ODM) de 1981 a 2005 el porcentaje de personas viviendo en la pobreza extrema (menos de $1,25 al día) bajó del 52 al 26% de la población mundial, y la proyección para 2015 es del 14,4% de la población mundial.

Os invitamos a la reflexión…