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Archive for the ‘El Correo de los Viernes’ Category


Queridos lector@s,

es propio del periodo estival decidir qué libros guarecer en nuestra maleta de vacaciones. Y he aquí que unos llevarán novelas, de todo tipo, históricas, de misterio, románticas, entre un largo etcétera de géneros; otros, recurrirán a los clásicos, desde Cicerón hasta Dostoyevski; y, los últimos, a libros de autoayuda.

Tras bucear en Internet sobre la venta de libros en España, hemos descubierto que en el año 2016 se editaron 61.477 títulos en castellano. En cambio, no hemos podido conocer cuántas ediciones versaron sobre el género autoayuda. Tan sólo hemos podido leer dos diferentes titulares de prensa haciendo referencia al crecimiento, imparable, en ventas, según Nielsen, de los libros de autoayuda, pero sin ofrecer ni concretar cifra alguna que nos permita visualizar el orden de magnitud que suponen las ventas de los libros de autoayuda.

Todo ello, nos hace sospechar que el peso y crecimiento de los libros de autoayuda es alto y en progresión. ¡Miren en el fondo de su maleta y cuéntelos! ¿Cuántos libros de autoayuda hay? No nos lo digan. La pregunta es: ¿por qué?

¡No se preocupen!, no vamos a realizar una disertación metafísico existencial del porqué de esta circunstancia. Tan sólo pretendemos introducir una pizca de mofa sobre este asunto.

Vamos allá.

Imagínense a don Miguel de Cervantes Saavedra, el Manco de Lepanto, huido de España y paseando por Roma, allá por el año 1570, observando como sus semejantes invertían horas y días leyendo sesudas noveles de libros de caballería, muy populares por aquel entonces.

Por qué no pensar que, un buen día, no sé si por hastío o socarronería, o simplemente por hermanamiento o buena voluntad, decide escribir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, intentado prevenirnos de los males de una lectura prolongada e intensiva de poemas caballerescos.

Y ahora viene la cuestión, ¿no podría estar sucediendo algo similar con los libros de autoayuda? ¿Existe un uso racional de esta literatura, o un abuso? ¿Nos hace más bien que mal, o se trata de un placebo? Si las respuestas a estas cuestiones fueran desfavorables, entonces, en nuestra opinión, debemos ponernos manos a la obra e incentivar el surgimiento del nuevo don Quijote y su entrañable Sancho Panza, en lanza contra gurús y otros especímenes de la misma guisa.

Este es el objetivo del post: estimular la creatividad de los diestros con la pluma y doctores en el uso del verbo, para animarles a redactar el Quijote de nuestros días en respuesta a la proliferación de los libros de autoayuda y su derivada asociada: el coaching.

Empecemos pues.

Baruch Spinoza, filósofo neerlandés de origen sefardí, en su obra Ethics, publicada tras su muerte en 1677, escribió:

Los Hombres se creen libres porque ellos son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza

continuando así con un debate profuso, iniciado ya en la antigua Grecia de la mano de autores como Sócrates, Platón y Aristóteles, sobre la libertad de elección y su relación con el conocimiento y la ignorancia, especialmente sobre uno mismo.

Arthur Schopenhauer, filósofo alemán del siglo XIX, abundando en la premisa de Spinoza, en su obra The Wisdom of Life escribió:

Todos creen a priori que son perfectamente libres, aun en sus acciones individuales, y piensan que a cada instante pueden comenzar otro capítulo de su vida… Pero a posteriori, por la experiencia, se dan cuenta —a su asombro— de que no son libres, sino sujetos a la necesidad; su conducta no cambia a pesar de todas las resoluciones y reflexiones que puedan llegar a tener. Desde el principio de sus vidas al final de ellas, deben soportar el mismo carácter…”

Dicho de otro modo: parece ser, según ambos autores, que somos “prisioneros encadenados” (término utilizado por el filósofo Hume) a un “nosotros” o “yo” profundo que no conocemos ni percibimos, del que no somos, en definitiva, conscientes.

Sospechamos e imaginamos, fabulamos mas bien, como Sigmund Freud, leyendo a todos estos autores, fue pergeñando paulatinamente su modelo estructural del ser humano, donde conceptualiza la división tripartita del psiquismo entre el “ello” (lugar donde habitan las pulsiones más primitivas que nos caracterizan, aquellas contra las que luchamos a diario en feroz combate, con mayor o menor tesón, y más o menos fortuna), el “yo” (nuestra parte racional, equilibrada, controlada y pública), y el “superyó” (habitáculo donde se haya la moralidad: las normas y pautas de comportamiento en torno a lo que está bien y lo que está mal), lugares, los tres, en continua pugna por el control del comportamiento, fraguándose en el resultado estructural (de vencedores y vencidos) de esa cruenta batalla la “cosa” psicológica (o lugar) donde se ubican y esconden las razones últimas e íntimas del comportamiento. En suma, el lado oscuro y oculto de las motivaciones que determinan la conducta humana.

Y termina afirmando Sigmund Freud que, este gobierno tripartito invisible y esquivo, ejerce tal presión sobre el plano consciente que termina fagocitando la auténtica libertad, el mismísimo libre albedrío.

Pero no se preocupen, queridos lector@s, porque Sigmund Freud, primero nos atormenta con un nada sencillo modelo psicológico, para, a continuación, proporcionarnos una pócima, un ungüento mágico, contra todos los males del alma que sufrimos en mudo silencio: el psicoanálisis.

Para Sigmund Freud la comprensión del sustrato onírico es el único y correcto camino para adentrarse en el inconsciente del ser humano. Y he ahí, en opinión de Sigmund Freud, donde poder vencer a los gigantescos mecanismos de defensa (mucho más que simples aspas de molino) y liberar el material reprimido, recuperando el libre albedrío y potencial de crecimiento. Sigmund Freud creó y denominó psicoanálisis al estudio de los sueños como medio para alcanzar el autoconocimiento y poder conquistar el verdadero libre albedrío. Terapia psicológica, el psicoanálisis, que sigue tan viva como por aquel entonces, a pesar de que, en términos de Karl Raimund Popper, resulta irrefutable (irrebatible) y, en consecuencia, de bajo valor científico. Para Karl Raimund Popper los hechos que no se pueden contrastar (replicar) con la experiencia no pertenecen al mundo de la ciencia. Y como decía nuestro entrañable Pedro Calderón de la Barca, en el soliloquio más famoso del drama español, al final del primer acto, cuando Segismundo piensa en la vida y en su suerte:

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son

Con todo, y al margen de que exista o no el inconsciente, con independencia de si se trata de mecanismos económicos de conducta, a través de la automatización masiva de hábitos (cientos, miles de hábitos y micro hábitos), como medio para simplificar nuestra vida y poder tomar decisiones cotidianas de modo ágil, o, por el contrario, del entramado propuesto por Sigmund Freud; el hecho cierto es que, esa capa oculta e invisible de nuestra personalidad, llámese como se llame, y actúe bajo las leyes que fueren, capta nuestra atención y curiosidad: nos atrae y seduce, como el imán a todo cuerpo ferroso, o como el horóscopo del dominical en una anodina tarde de domingo mientras holgazaneamos en el sofá tras el almuerzo.

Por ello, y quizá debido al sencillo e inocente instinto de introspección, rastreamos, a modo de viajes iniciáticos, entre las hojas de libros de autoayuda, el Santo Grial propio, la piedra angula que soporta la cimentación de nuestra personalidad.

Para clarificar nuestra posición: no sentenciamos pena contra de los libros de auto ayuda. No somos jueces de la verdad.

Tan sólo decimos que, además de los libros de autoayuda, para conocernos mejor y alcanzar el verdadero libre albedrío, del que hablaban Baruch SpinozaArthur Schopenhauer, hace falta algo más que una o varias lecturas  sobre este género literario …

¿Ustedes qué opinan?

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Hij@s


Mantenía una conversación de WhatsApp con una excompañera de trabajo y amiga, cuando me confesó: “tengo que ponerme en facha con la lectura, que la tengo abandonada. Quiero que los niños lean y resulta que a mí me cuesta“, momento en el que comenzamos, ambos, a reflexionar sobre la función que tienen nuestros vástagos.

En la antigua Grecia l@s hij@s tenían la función de dar continuidad al patrimonio y papel social de la estirpe familiar en el seno de la Comunidad a la que pertenecían. No en vano, al décimo día del nacimiento se les imponía un nombre. Normalmente el niño recibía, en primer lugar, el nombre del abuelo paterno y, a continuación, se añadía el nombre del padre en caso genitivo.

A modo de ejemplo, léase la Odisea, donde, de manera reiterada, Homero hace referencia a los ascendientes de su personaje principal: Ulises hijo de Laertes.

Esta concepción griega de la funcionalidad de los descendientes todavía perdura hoy día en nuestra cultura. Para muestra un botón: ¿Cuántos niñas y niños se llaman igual que su madre o su padre? Cientos, miles, cientos de miles me atrevería a decir.

Pues bien, tras un debate intenso, mi amiga y yo llegamos a una conclusión muy diferente a la griega sobre la función de l@s hij@s.

Ambos, concluimos que “nuestros hij@s”  son un regalo que la vida nos entrega para permitir conocernos mejor y ser mejores personas.

Nuestros hij@s son un espejo sobre el que debemos miramos, verdadero polvo de estrellas para escudriñar nuestras más profundas e inconfesables debilidades.

Muy probablemente, aquellas conductas que nuestros descendientes exhiben y no aprobamos, son reflejo de nuestro propio comportamiento. Y, como no podía ser de otro manera, l@s hij@s, por su relación sin tapujos con sus padres, nosotros, y la inocencia que atesoran, cuanto más jóvenes mejor, son capaces de evidenciar, con asombrosa sencillez y honestidad, nuestras debilidades más íntimas y profundas. Son capaces de enseñarnos, sin hipocresía ni reproches, qué  “cosas”  somos y las consecuencias que tienen en nuestros entorno.

Finalmente, ambos concluimos que debemos observarlos más, y hablar con ellos con mayor frecuencia, no como adultos, si no como niñ@s.

Saludos

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Hola, en esta ocasión deseamos compartir con vosotros, queridos lectores, algunas reflexiones e ideas que llevan barruntando en nuestra cabeza varios años, y, a medida  que el tiempo transcurre, van tomando cuerpo y gravedad.

Empecemos pues.

En la sabia mitología griega, Casandra, que en griego antiguo significa la que enreda a los hombres,​ era hija de Hécuba y Príamo, ambos reyes de Troya.

Casandra accedió al don de la profecía a cambio de un pacto con Apolo. Él  la dotó del talento y ella, en contraprestación, accedería a un encuentro carnal con el dios de la luz  y el sol. Encuentro que, desafortunadamente, nunca se produjo. Apolo, viéndose rechazado y traicionado, y con el honor (léase ego) mancillado, renegó y maldijo a Casandra escupiéndole en la boca que nadie creería jamás en sus pronósticos, por muy ciertos que éstos fuesen.

Tiempo después, ella y Laocoonte anunciaron, en repetidas ocasiones y de manera persistente e insistente, la inminente caída de Troya y la muerte del malvado Agamenón si dejaban entrar al caballo de madera dentro de la ciudad de Troya, por contener en sus entrañas el vil germen del engaño. Tal y como pronosticó Apolo, ningún ciudadano y menos aun su padre, Príamo, dieron crédito a sus vaticinios. Aburrido éste por el runrún cansino de su hija Casandra, reprobó y confinó a ésta en lo más alto de la más alta torre al olvido. Casandra, incomprendida y olvidada, enloqueció.

El caballo, como todos sabemos, entró en la ciudad fortificada y Troya desapareció.

Lo griegos, que lo sabían todo gracias a los bienaventurados esclavos, que eran, en realidad, los que hacían el trabajo doméstico y sucio, pudiendo entonces los ilustres ciudadanos de la polis dedicarse al arte de la contemplación y el pensamiento, ¿de qué nos intentaron prevenir con el  mito de Casandra, con cierto olor a misoginia?

Para responder a esta pregunta se necesitan ríos de tinta, por la cantidad de matices y aspectos diferentes que se esconden tras el mito.

Nosotros ponemos el acento en el hecho, cierto, del rechazo e incomprensión que produce, en ocasiones, la capacidad de prognosis o anticipación, especialmente cuando la intuición es especialmente disruptiva y pone en cuestión el estatus quo reinante: prever lo que va a ocurrir y que los hechos, posteriormente, sucedan suele poner nervioso a los que ostentan el poder y controlan el círculo o círculos sociales (la red).

En este punto, necesitamos océanos (y no ríos) de tinta para discernir si lo aconsejable es no compartir la capacidad de prognosis y esconderla bajo la alfombra, y desarrollar la capacidad del entrañable emperador romano Claudio (hacerse el tonto y tartamudo); o, por el contrario, promulgar a los cuatro vientos los cabalísticos sortilegios que uno percibe e intuye.

Lejos de ofrecer una respuesta categórica a tan ardua cuestión, ofrecemos, a continuación, un marco de análisis que nos permita ahondar en ambas alternativas, con sus pros y contras. Ahí va …

El autor de la obra El Cisne Negro, Nassim Nicholas Taleb, para explicar qué es un evento socio económico denominado “Cisne Negro” recurre a la metáfora de dos países imaginarios contrapuestos:

  • Mediocristán. 
  • Extremistán.

El primero es un país donde la distribución de su población es normal (ajustada a la campana de Gauss). Debido a la función gaussiana que subyace en la base social de Mediocristán, el sujeto típico (el mediocre) está ubicado en la media (obtiene la calificación de suficiente). Es un país, éste, gobernado por la tiranía de lo colectivo, donde un hecho particular y singular, idiosincrásico e irrepetible, apenas tiene impacto sobre el total.  El devenir social no está determinado por un solo individuo, si no por la suma de muchos de ellos. Se trata de entornos sociales predecibles a través de la acumulación del dato e información, y su observación empírica. En suma, en Mediocristán la mayoría conoce las reglas de juego, y su gestión o modificación depende de la suma de fuerzas de la mayoría. Es un país racional, azul, con pocos o nulos altibajos emocionales, cartesiano, ordenado, pautado y predecible.

En cambio, en Extremistán la aleatoriedad de los acontecimientos no es cambiante, es extremadamente salvaje. En este país el sujeto típico es un gigante o un enano, no hay perfil medio. La media no describe la normalidad: o estás arriba o estas abajo. Es un mundo radicalmente polarizado. Como consecuencia, Extremistán encarna la desigualdad socio económica, donde el ganador se lo lleva todo (además de tenerlo todo, quiere más). Aquí, el devenir social está determinado por un pequeño número de sucesos aleatorios, difíciles de pronosticar y totalmente extremos (Cisnes Negros). Es el mundo de la tiranía de lo accidental, por lo tanto difícil de predecir a partir de la acumulación del dato e información, y su observación empírica. En suma, en Extremistán el éxito depende más de intuición e inducción (capacidad de prognosis) a partir de la experiencia y la sensibilidad social, y que ésta de en el clavo (sea certera). Es un país emocional, rojo, con continuos altibajos anímicos, donde no hay donde atar acuerdos, desordenado, confuso, caótico, embarullado, revuelto, desmandado, desenfrenado, irregular, aleatorio e impredecible, donde existe verdadera pasión por los juegos de azar con premios salvajes e impúdicos, y los nigromantes y sus sortilegios. No en vano, en este país, la sabiduría popular diría de alguien que triunfa: ¡menuda suerte ha tenido!

¿Qué le pasó a Casandra, y qué le pasa a toda persona intuitiva que es capaz de ver (sentir e intuir) más allá de los datos e información, y, por lo tanto, tener capacidad de prognosis?: ser una ciudadana de Extremistán viviendo en Mediocristán. Cuando esto ocurre, a la persona se la tacha de loca, cuando no lunática, por considerar altamente improbable sus profecías.

Pero el hecho cierto es que el Caballo de Troya contenía en sus entrañas el vil germen del engaño y Troya desapareció al tiempo que Casandra.

¿Qué os sugiere todo ello?

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Queridos lectores, el 1 de noviembre de 2014 iniciamos el post manifestando nuestras diferencias con la tesis de Santiago Niño-Becerra cuando afirma: <<Y no: la tecnología no destruye unos empleos y crea otros. La tecnología, que cada vez es más sofisticada, más barata y más difícil de utilizar, crea poquísimos empleados de altísimo valor añadido, y destruye cantidades ingentes de empleos que mañana serán de bajo valor>>.

A continuación, decíamos, en contraposición a Santiago Niño-Becerra, que nosotros sostenemos la antítesis, es decir, que el mundo TIC es y será, el principal motor de creación de empleo en los próximos años.

En ese sentido, hoy más que nunca, creemos que la afirmación de Santiago Niño-Becerra esconde una profunda pérdida de credibilidad en la capacidad de adaptación y aprendizaje de nuestros vástagos. Sólo tenemos que observar a nuestras hijas e hijos. Estoy seguro de que todos ustedes se asombran y consideran mágico, cuando menos, la velocidad de adaptación al entorno tecnológico de sus descendientes.  Negar la evidencia es un intento vil de privar a las nuevas generaciones de un futuro prometedor.

Pero aún hay mas. Terminábamos el post afirmando que si hacemos una rastreo histórico de los avances tecnológicos, podremos verificar, de manera irrefutable, que tales desarrollos tecnológicos abren la puerta a nuevos mercados hasta ahora desconocidos, amplificando las consecuencias de generación de empleo y riqueza a futuro que abre el progreso.

En este sentido, ¿qué ha estado ocurriendo en las últimas décadas?

Ocurrió lo que el periodista del New York TimesNicholas Kristof, calificó de “La mejor noticia desconocida“:  afirma Kristof que en los últimos 30 años el porcentaje de personas en el mundo que viven en pobreza extrema se ha reducido en más de la mitad.  La pobreza extrema en las últimas décadas ha descendido muy significativamente, pasando de los 1.900 millones de personas de 1990 a menos de 800 en 2013. Reducción que supone casi 50 millones de pobres menos por año, equivalente a la población de Colombia o Corea del Sur. No en vano, el objetivo de la ONU es erradicarla en 2030.

Veamos esto mismo desde otro punto de vista más cercano y doméstico.

En 1987 compré un ordenador Spectrum de cinta de 16K y las letras del monitor en color verde. ¿Recordáis? Lo curioso del asunto es que pagué por el pc cien mil pesetas. Pensad en ello: cien mil pesetas de 1987.

Hoy por 606,31 euros puedo adquirir, a través de Amazon, un HP Pavilion 14-bf008ns – Ordenador Portátil de 14″ Full HD (Intel Core i5-7200U, 8 GB RAM, 1 TB HDD, Intel HD 620, Windows 10); Plateado y Teclado QWERTY Español.

¿Qué ha ocurrido pues?

Sencillo, algo que nuestro bien documentado profesor Santiago Niño-Becerra conoce (o, al menos, debería conocer) bien: la ley de la oferta y la demanda. A medida que el desarrollo tecnológico avanza, los precios se contraen de manera radical, haciendo que el mercado al que se tiene acceso aumente. Cuanto más barato vendo, accedo a más población (el mercado potencial crece). En término poéticos y políticos: el desarrollo tecnológico potencia la “democratización” de los productos y servicios, acabando con las clases sociales. Quizá ahí radica el drama, a su entender, que vaticina Santiago Niño-Becerra: quien acabará con la lucha de clases, porque éstas desaparecerán, no será mérito de los movimientos sociales de la izquierda neocomunista del futuro, si no del desarrollo tecnológico que traerá el mundo TIC.

No es gratuito ni fortuito la misión de google: organizar la información mundial para que resulte universalmente accesible y útil. La motivación de los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, estudiantes de la Universidad de Stanford, era contribuir a un mundo igual y mejor. Y, ¡caramba!, vaya si lo están consiguiendo. No dejan de sorprender: ¡ahora cursos gratuitos online!

Ante todos estos hechos, ¿por qué Santiago Niño-Becerra se empeña en actuar como Thierry Loon, personaje de la novela Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar? ¿Qué asusta a Santiago Niño-Becerra del personaje Zenón?

Karl Marx,  en el prólogo de su obra la Contribución a la crítica de la economía política (1859), dice: “… en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia“.

Pues bien, Santiago Niño-Becerra, conocedor profundo del ser social, busca su propia ventaja competitiva que le permita progresar en la selva de las relaciones humanas, con el objetivo de subsistir y generar riqueza. Del mismo modo, muy probablemente, Santiago Niño-Becerra conoce las investigaciones de Jeffrey Goldstein, de la Universidad de Utrecht en Holanda, donde ha descubierto que la emoción de “miedo controlado” estimula la producción de las hormonas testosterona, adrenalina y cortisol, haciéndonos sentir bien.

En efecto, el “lado oscuro” de las cosas (o “reverso tenebroso“), las historias de miedo, es algo que nos atrae y nos hacen sentir vivos. Por lo tanto, el asunto de los vaticinios catastróficos, las quimeras del pesimismo, y los pronósticos fatales que conforman la morfología literaria de los expertos agoreros no son más que una vía para generar demanda y propiciar transacciones económicas favorables para ambos actores: el productor de la obra que incrementa su propia riqueza, y el lector que ha comprado el estado emocional que le va a producir su lectura.

Todos ganan, aunque la realidad de los hechos sea otra.

Si no fuese así, ¿por qué diablos iba a pagar para ver una película de miedo?

Por último, y dicho sea de paso, no censuro la obra de Santiago Niño-Becerra (no tengan miedo sus lectores, que no quemaré obra alguna del ilustre profesor), todo lo contrario, lo aplaudo y le animo a que persista en su enfoque catastrófico, por cuanto a mí también me permite buscar mi propia ventaja competitiva: buscar los hechos ciertos, buenos y malos, que conforman la realidad, para ofrecer una versión más aséptica (al menos, esa es la intención) de nuestro entorno económico, aunque su lectura no producirá las sacudidas emocionales que sí generan las obras de Santiago Niño-Becerra.

Ahí me ha dado … ¿Qué sería yo sin él?

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En diferentes ocasiones, he escrito en torno a las conversaciones que hemos mantenido Irene, mi hija mayor, y un servidor sobre asuntos varios, desde cuestiones políticas hasta temas de lo más variopinto, e incluso, relatos.

En cambio, las referencias a Isabel, mi segunda hija, no han sido, ni mucho menos, prolijas. Por lo que me dispongo a cambiar la tendencia.

En este caso, comenzaré relatando un intercambio de opiniones entre ambos, Isabel y yo, en un almuerzo familiar de domingo, almuerzo con prolongada sobremesa. En dicha ocasión, entre asombro y estupor, mirándome con esos redondos ojos que dibujan su rostro, enormes como luceros, y brillantes como el sol, me inquiría, o más bien me retaba, a que le explicase cómo una persona como yo, hombre de ciencia, podía creer en Dios. Entre el arroyo sin cauce de preguntas y preguntas que se hacía, y que me formulaba, como torrente ajeno a la quietud, atronaba sobre los cubiertos tendidos en sus finas manos una cuestión imposible de entender dentro de su lógica racional: ¿cómo yo, siempre buscando explicaciones empíricas y hechos que desvelasen la verdad sobre la mecánica del cosmos, podía pensar que Dios existe? En su semblante se podía palpar la perplejidad que tal circunstancia le ocasionaba, quizá, e incluso, le hería.

Emulando a un viejo profesor, Gustavo Bueno, le dije que los hechos tienen dos caras: de tejas hacia el centro de la tierra, donde la ciencia lo es todo, y de tejas hacia el infinito de la bóveda celestial, donde reina la trascendencia del ser humano, encarnada en la religión.

Isabel no daba crédito, y, ambos, a la vez, hablamos y argumentamos, debatimos y mutuamente nos negamos. Finalmente, consiguió perdonar mi ignorancia aduciendo que era fruto de la tradición familiar. He de reconocer que no he sido capaz de explicarle la existencia de la esfera transcendente en el seno del ser humano.

A ello me dispongo a partir de ahora.

Ya en la antigua Grecia, la escuela de Pitágoras estudiaba la expresión de las escalas musicales en términos de proporcionalidad numéricas. Su doctrina principal era que “toda la naturaleza consiste en armonía que brota de los números“. Para los pitagóricos matemáticas y música son dos elementos indisolubles. Para ellos, los pitagóricos, no puede haber música sin matemáticas. Y no les faltaba razón.

A modo de ejemplo, el compás es una fracción matemática: el numerador indica el número de tiempos y el denominador indica la pulsación o el tipo de nota que ocupa cada tiempo. Por lo tanto, sí que podemos concluir que el lenguaje de la música son las matemáticas [sería extraño que los pitagóricos se hubieran equivocado]: por lo que podríamos llegar a componer una pieza musical sin necesidad de escucharla, como hizo Beethoven. La Novena Sinfonía de Beethoven, la única composición musical declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, lo compuso cuando era sordo.

De otro lado, el sonido es la forma en la que el oído percibe las vibraciones transmitidas por el aire. Es decir, el sonido es un hecho biológico, sostenido por la relación que mantiene nuestro organismo con el medio.

Por lo tanto, hasta aquí, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la música es un conjunto de hechos empíricos irrefutables, repetibles y, como consecuencia, predecibles, sustentados por cuestiones físicas, biológicas y matemáticas. Dicho de otro modo, la música es algo material susceptible de estudio bajo el método científico.

Hasta aquí nada que objetar o refutar.

Pero hablemos ahora del receptor, sobre cómo percibe esa lógica matemática que hay tras toda sinfonía, y sobre las emociones que incita su audición.

Quien escucha música no oye ciencia, porque percibe un todo imposible de diseccionar si no se conoce su lenguaje.

Quien escucha música se adentra en un mundo repleto de sutileza, excelso, sublime, impecable, sumamente perfecto y armonioso, equilibrado, rítmico y evocador, que revive lo pasado y ensueña el futuro, arrastrándonos a través de un insondable caudal de emociones y sentimientos. En ocasiones, nos excita, enciende y coleriza. Otras veces, provoca compasión, misericordia, caridad, ternura. Es, en definitiva, magia en estado puro, la esencia misma del ser transcendente que supera la barrera de lo mecánico y la física explicable, para entrar en una dimensión fluida y de recorrido infinito.

Es la música, por lo tanto, la puerta a lo transcendente del ser humano. No en vano, todas los ritos, ancestrales y nuevos, utilizan cánticos como soporte espiritual. Este fenómeno no es un hecho gratuito ni tampoco producto del azar. Las cosas no ocurren porque sí, si no porque la música es el lenguaje de dios.

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Queridos lectores, comentábamos en el capítulo primero, de esta nueva serie de posts, acerca de la tesis de Santiago Niño-Becerra a propósito del concepto Trabajo, señalando que, tal y como lo hemos concebido hasta ahora, se irá, tras esta crisis, para volver con un significado totalmente nuevo. Aspecto con el que estamos de acuerdo. Ahondando más en ello, decíamos que la democratización que subyace al crowdfunding (financiación a través de pequeños inversores: financiación colectiva, emulando el lenguaje de Karl Marx) es la manera más rápida y efectiva para hacer crecer el ritmo de inversión, empujando el crecimiento de los factores productivos y, en consecuencia, generando mayores tasas de empleo.

Pues bien, en este sentido, nuestra propuesta, que pasamos a detallar en este post, se estructura en torno a la idea de que tras la crisis, el paradigma marxista de diferenciación de clases entre los que disponen de capital para invertir (burguesía) y los que trabajan (proletariado) ha llegado a su fin. Sostenemos que, en el futuro, el elemento que diferenciará las clases no será la capacidad de inversión sino el Talento disponible en las personas, como ya, desde hace varios lustros, viene señalando autores de la talla de Peter Drucker, Gary Hamel, Ton Peters, y así un largo etcétera.

¿Cuál es la base conceptual de nuestra propuesta? Que la separación radical entre productor y medios de producción, que dibuja el marxismo, ha desaparecido. Hamel, en su obra El Futuro de Management, nos recuerda que esa separación radical de la que habla Marx, y que es la base de la especialización industrial,  es el principal motivo de la desafección de los empleados hacia sus organizaciones: si como empleado no veo cómo el resultado de mi desempeño contribuye al crecimiento de la organización es difícil, entonces, que pueda tomar conciencia de la relevancia de mi puesto dentro del conjunto de la empresa, potenciando la banalización del trabajo.

En las organizaciones actuales, como consecuencia del desarrollo tecnológico, cada vez es más fácil observar cómo nuestro trabajo contribuye al negocio o proyecto empresarial, haciendo más dúctil la férrea separación que establecía Marx entre productor y medios de producción, facilitando la afección entre empleado y empleador.

De otro lado, el fenómeno crowdfunding hace posible que personas con Talento (versus sociedades de inversión) puedan constituirse en accionistas (no minoritarios) de negocios emergentes con cantidades asumibles para una economía doméstica, pudiendo participar del control societario. Es cierto, son sociedades emergentes que operan en nichos de negocio, no ha llegado aún al corazón de la economía gruesa; también es verdad que, para alcanzar masa crítica y poder influir ciertamente en la economía gruesa, el crowdfunding requiere un desarrollo mucho mayor que el actual, pero llegará. Es cuestión de tiempo. En suma, estamos convencidos de que todos veremos desvanecerse, hasta desparecer, la línea que separa la aportación de capital y la plusvalía que genera el trabajo.

A diferencia de Santiago Niño-Becerra, creemos que el drama social del futuro no es un asunto de menos trabajo, menos empleos (un paro estructural como nunca hemos conocido) y, por lo tanto, cómo distribuir el poco empleo existente entre la población; sino un asunto de capacitación (formación) a las bolsas de desempleados actuales para facilitar la creación de Talento, y que este se convierta en Capital.

Nuestra particular preocupación no recae en si el desarrollo tecnológico que conlleva el Mundo TIC destruirá o no empleo, como sostiene Niño-Becerra, porque estamos convencidos, avalados por la historia del progreso, que creará empleo. Nuestro foco de análisis se centra en si los procesos capacitación que estamos acometiendo para adecuar a los actuales profesionales en situación de desempleo a los nuevos requerimientos que traerá el progreso tecnológico, serán suficientes y eficientes.

¿Cuál es vuestra opinión al respecto?…

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Queridos lectores, comentábamos en el capítulo primero, de esta nueva serie de envíos, acerca de la tesis de Santiago Niño-Becerra cuando afirma que tras esta crisis se producirán cambios de paradigma importantes, señalando que el concepto Trabajo, tal y como lo hemos concebido hasta ahora, se irá para volver con un significado totalmente nuevo. De este asunto hablaremos a continuación, además de compartir con ustedes las razones por las cuales creemos que las líneas argumentales de Niño-Becerra beben de la visión marxista de la sociedad, basada en el conflicto dialéctico de la lucha de clases, que se esgrime en la obra El Capital.

Empecemos pues sin más preámbulos, repasando la obra de Karl Heinrich Marx, El Capital. En ésta, Marx estudia la organización de los sistemas de producción que determina el modelo económico capitalista, hasta afirmar que “en el fondo del sistema capitalista está (…) la separación radical entre productor y medios de producción”. Para Marx existen dos clases sociales: la burguesía, clase media acaudalada que aporta los recursos económicos necesarios en los sistemas de producción, y el proletariado, clase obrera industrial que vende su fuerza de trabajo a la burguesía a cambio de un salario (trabajo asalariado). Los segundos operan sobre los sistemas de producción para generar las mercancías que posteriormente se venderán, enriqueciendo a los primeros. Por lo tanto, según el autor, el proletario es un recurso (mercancía) más dentro del engranaje de producción capitalista, sin importar que detrás de esa fuerza de trabajo se halle una persona: hombre, mujer o niño; quedando sometido a las mismas leyes de mercado que rigen el intercambio de mercancías, al margen de las condiciones laborales.

Pero no queda ahí todo, aún hay más. Señala Marx que lo que comienza con una inversión de dinero hecha por la burguesía termina, después del ciclo de producción, en un aumento de esa cantidad (incremento del valor de las mercancías): la plusvalía, que hoy hemos sustituido por el concepto: valor añadido.

Y he aquí, en el concepto plusvalía, el centro de toda disputa entre unos y otros dentro del sistema capitalista; entre aquellos que pretenden focalizar los esfuerzos en generar mayor cantidad de plusvalía o riqueza (la derecha política) y los que consideran que lo verdaderamente relevante es focalizar los esfuerzos en distribuir esa riqueza o plusvalía de la manera más solidaria posible entre todas las clases sociales (la izquierda política). Como contrapartida, se haya el modelo económico comunista que pretende sustituir, en términos de Marx, la dictadura de la burguesía por la dictadura del proletariado o estado obrero, pasando el proletario a ser el propietario del valor añadido resultante de su trabajo o plusvalía.

Vayamos despacio, pues merece la pena detenerse aquí.

Según Marx, la burguesía retribuye al asalariado un precio por su fuerza de trabajo de igual modo que hace por cualquier otra mercancía. Y esto no es en absoluto baladí. Presten atención. Lo que dice Marx es que el salario es equivalente al coste de producción. Así, el burgués retribuye un salario por el trabajo que hace el proletario, cuyo valor  se corresponde con la cantidad de trabajo necesario durante el sistema de producción. De este modo, el capitalista obtiene el valor creado por el empleo de la fuerza de trabajo y retribuye al obrero sólo por el empleo de la fuerza del trabajo, privándole de los dividendos del valor creado. Esta diferencia económica entre el valor económico obtenido por la utilización de la fuerza de trabajo y el coste de producción (donde se incluye el salario del trabajador) es lo que Marx denomina Plusvalía, base de la ganancia capitalista.

En términos de recursos humanos la fórmula de la plusvalía sería algo parecido a la diferencia entre el desempeño del trabajador (compensado por el salario fijo) y los objetivos o resultados alcanzados (que se retribuye mediante salario variable: sólo se percibe si se produce plusvalía).

Después de este repaso histórico, volvemos a la idea primigenia de Niño-Becerra cuando asevera que, tras esta crisis, el concepto trabajo se modificará sustancialmente, aspecto con el que estamos de acuerdo. La cuestión es: ¿hacia dónde?…

Nuestra propuesta se estructura en torno a la idea de que tras la crisis, el paradigma marxista de diferenciación de clases entre los que disponen de capital para invertir (burguesía) y los que trabajan (proletariado) ha llegado a su fin: estamos, en estos momentos, ante la última frontera del paradigma marxista, próximos a su superación.

¿Por qué creemos esto?, porque están apareciendo, con fuerza e intensidad, fuentes de financiación alternativas al modelo de financiación clásico. Véase el movimiento: crowdfunding (financiación colectiva u obrera en términos de Marx), con fuerte desarrollo en el mercando londinense, basado en la financiación a través de pequeños inversores (usted, éste, aquel, etc.: los proletarios) y pequeñas cantidades (financiación micro), pero de manera masiva, pudiendo alcanzar el volumen necesario para generar riqueza. Dicho de un modo más poético: ha llegado el tiempo de la democratización de la inversión fuera de los ortodoxos canales bursátiles. De este modo, podríamos ampliar el epitafio de la tumba de Marx, añadiendo: los trabajadores de todas las tierras se unen a través de la financiación colectiva.

No, no es ilusión o ciencia ficción, esto ya es una realidad. Vayan ustedes, queridos lectores, a la red de redes: internet; y déjense llevar por el despliegue de plataformas de crowdfunding existentes: Kickstarter, Indiegogo, Crowdfunder, Lánzanos, Goteo, Verkami y Kifund, Gambitious, Bandtastic, Appsplit, Taracea,… ¡apasionante!

De otro lado, comentábamos en el primer envío de esta serie, que Keynes ofreció un marco de estímulo económico diferente para salir de la crisis del veintinueve, involucrando al estado y otorgándole el papel de agente económico activo, inyectando dinero para hacer crecer los factores productivos, y potenciando el apalancamiento como instrumento para acelerar el crecimiento. De este modo, la actividad económica generaría pleno empleo, impulsando la demanda interna y, como consecuencia, el PIB.

Si Keynes buscó la fórmula para dinamizar el ritmo del crecimiento económico en la anterior gran crisis, ahora toca buscar el pedal de aceleración económica que nos permita salir de ésta.

Nuestra hipótesis es que la democratización que subyace al crowdfunding es la manera más rápida y efectiva para hacer crecer el ritmo de inversión, empujando el crecimiento de los factores productivos y, en consecuencia, generando mayores tasas de empleo.

Pero esta crisis, no sólo ha sido una crisis económica, ha sido también una crisis de valores: la corrupción ha campado día sí y día también en los medios. Todo parece estar podrido, que diría Shakespeare. Por lo tanto, la salida de la crisis pasa por un punto de vista ético, además de un mayor control sobre la finalidad de las inversiones.

En este sentido, creemos que la democratización de la inversión a través de pequeños inversores que buscan fines diversos, además de incrementar el capital, facilita el control de la explotación racional de los recursos naturales, humanos, energéticos, etc., y controlará mejor el destino y uso del capital, incrementando, de esto modo, la ética en la explotación de los negocios.

Y como lo prometido es deuda, para finalizar volvemos al principio de este envío. Decíamos en el párrafo primero que las líneas argumentales de Niño-Becerra beben de la visión marxista de la sociedad, basada en el conflicto dialéctico de la lucha de clases, pesimista como el mismísimo Hobbes, con las mismas contradicciones de Thierry Loon, personaje singular en la obra Opus Nigrum, que duda de las bondades del protagonista: Zenón, en el desarrollo tecnológico de los telares mecánicos. Para explicar el por qué les invitamos a leer a Niño-Becerra y buscar las similitudes de su discurso con la ley general de la acumulación capitalista que formuló K. Marx, por la cual la plusvalía extraída en la producción es reinvertida en los propios medios de producción, incrementando las plusvalías posteriores, como consecuencia de la eficiencia incremental obtenida en los medios productivos.  Durante este aumento del capital se produce y consolida un número creciente de obreros sobrantes para el sistema, una población que tiene que subsistir en condiciones precarias. A esta casta proletaria desfavorecida y sobrante Marx los llamó ejército industrial de reserva (bolsa de desempleados). Esto explica, según Marx, que a medida que se acumula capital, y por consiguiente riqueza, se produce de manera pareja una acumulación creciente de miseria en la mayoría de la población: la acumulación de capital en un polo es equivalente a la acumulación de miseria en el otro. A este respecto, por nuestra parte, tan sólo señalar que según las estadísticas del Banco Mundial publicadas en abril de 2011 acerca del cumplimiento de los objetivos de desarrollo del milenio (ODM) de 1981 a 2005 el porcentaje de personas viviendo en la pobreza extrema (menos de $1,25 al día) bajó del 52 al 26% de la población mundial, y la proyección para 2015 es del 14,4% de la población mundial.

Os invitamos a la reflexión…

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